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EDUCACIÓN


El gran fracaso del sistema educativo español es que no se difunde el gusto por el aprendizaje

LGE, LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOE; y de oca en oca, tiro porque me toca, ¡LOMCE!: Ley orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa. Con ella desaparecen algunas asignaturas como “Educación para la ciudadanía” y se incrementan las horas lectivas en otras como lenguaje, inglés y matemáticas. Desde luego algo positivo si tenemos en cuenta que España está a la cola de la OCDE en comprensión lectora y matemáticas, y ocupa el número 23 en el nivel de inglés en un ranking que analiza 60 países. Por otro lado se elimina la selectividad y se implanta una prueba al finalizar primaria, secundaria y bachillerato. Estas pruebas son decisivas para pasar al siguiente nivel, excepto la de primaria que sirve de orientación. El gobierno dice que es una forma de conseguir que el estudiante se esfuerce más y que sus conocimientos adquieran más consistencia, pero muchos lo ven innecesario –algunos lo relacionan con las reválidas y automáticamente tiemblan, aunque no se sabe bien porqué–. Desde mi punto de vista podría ser una eficaz vía para conseguir una mejor formación académica. Hoy en día cualquiera puede tener una carrera universitaria. Es más, me atrevo a afirmar que una gran mayoría supera sus estudios con el mínimo esfuerzo. Lo he vivido durante estos cuatro años de carrera: veo constantemente cómo la gente copia o espera a que los demás hagan su trabajo. Que se ha perdido mucho el sentido de la responsabilidad es una evidencia, así como también lo es que se han perdido las ganas por aprender.



Pero no me voy a quedar en el llanto. Es esencial establecer un sistema mucho más interactivo entre profesor y alumno. Por ejemplo, este verano realicé un curso de inglés que ha servido para darme cuenta de lo eficaz que es hacer una clase dinámica y con pocas personas. Y no me vale la excusa de que hay pocos recursos. Sí, los hay, pero la clave está en cambiar el chip y enseñar de otra forma. Son pocos los profesores que logran captar la atención del alumno. Escoger una asignatura en función de quién la imparta y no de sus contenidos es una realidad. El propio sistema te pone límites. ¿Qué poder hacer al respecto? Fácil: ¿por qué no realizar un control al profesorado cada cierto tiempo? Hay muchísimos docentes que no están preparados para impartir clase. El curso pasado tuve la asignatura “Multimedia” y la profesora nos mandaba a hacer videos pero no nos explicaba cómo. Y no solo eso: multimedia supone interactividad, instantaneidad. Una vez me surgió una urgencia y tenía que comunicarme con ella. La única forma de hacerlo era a través de un email. Aún no me ha contestado.

Dentro de las nuevas medidas del gobierno hay un tema concreto que levanta pasiones: las becas. Muchos estudiantes dependen de ellas, yo por ejemplo. Tengo amigos que con excelentes notas han tenido que dejar la carrera. Es realmente triste. Este año cambian los requisitos para obtenerla: se tendrán en cuenta las notas. Ya era hora. La beca debe darse a quien de verdad se esfuerza. En los estudios de humanidades, por ejemplo, puedes recibir una beca si suspendes como máximo una asignatura pero tienes de nota media un 6.5. Me parece una buena idea: que un estudiante encuentre dificultades para aprobar una o dos asignaturas lo puedo entender, pero más no (y no olvidemos que siempre queda la opción de julio o septiembre para poder aprobarlas). Si no nos esforzamos lo suficiente por lo menos tengamos el valor de reconocerlo.

El problema no está en la LOMCE, no nos despistemos. Se trata de un problema de base que radica principalmente en que no se difunde el gusto por el aprendizaje. Desde ese profesor que dice todo y a la vez no dice nada, desde ese político que se ciega y no escucha, desde esa familia que no se implica lo suficiente en la educación de su hijo, hasta cada uno de nosotros, que esperamos la victoria sin luchar en la batalla, todos, absolutamente todos, somos responsables.



Las becas tienen un precio

“Wert reclama las becas a miles de estudiantes”, decía un periódico que sostenía un pasajero en el subterráneo. No lo pude evitar: solo bastó leer el titular para que la rabia me comiera por dentro. Ya sabía por dónde iba el asunto. No hay que ser un especialista en el tema para, de nuevo, saber que la prensa ponía a Wert en el punto de mira. Ése era el titular del periódico 20 Minutos. El de El Mundo potenciaba aún más su protagonismo: “Los universitarios deberán devolver al menos 4 millones en becas a Wert”. ¿A Wert? Seamos imparciales cuando de información se trata. Es dinero que se devuelve al Estado, no a Wert. Esta actitud me evoca a la infancia, cuando decíamos eso de "me ha suspendido" y "he aprobado".

El Ministerio de Educación exige la devolución de la beca a los que no aprobaron el 50% del curso 2012-2013. A partir de hoy comenzarán los lamentos. ¿Es que hemos olvidado para qué se concede una beca? Según la Real Academia Española, una beca es una “subvención para realizar estudios o investigaciones”. Destaco eso de “realizar estudios”, lo cual implica un esfuerzo que el BOE establece en forma de créditos que el alumno debe superar durante el curso anterior para poder disponer de una beca. Estos eran los porcentajes de créditos que debían ser aprobados en 2011/2012 para que un estudiante universitario pudiera obtener beca en 2012/2013 (no es el único requisito, pero sí es indispensable):


Demos un paso más. El artículo 33 del BOE señala que si se comprobara que los estudiantes becados no han destinado la ayuda para la finalidad para la que les fue concedida deberán devolver el aporte económico:


El apartado b) es el que se dado a conocer hoy en la prensa. El diario 20 Minutos, por ejemplo, no solo pasa por desapercibido los otros dos apartados, sino que además añade un requisito que no recoge el BOE: la asistencia al 80% de las clases. Hasta ahora no es algo que ha tenido en cuenta el gobierno para otorgar o no una beca. Otra cosa es que un profesor decida suspender a un alumno por faltas de asistencia, lo cual sí vería reflejado en los créditos y, en consecuencia, podría afectar negativamente a la concesión –o devolución, en este caso– de una beca.

La universidad enviará al alumno una carta indicándole que tiene que devolver el importe económico otorgado por el MEC en el curso anterior. Si dicho importe no se devuelve en un plazo de dos meses, tras la recepción de dicha carta, los alumnos sufrirán un recargo del 5% cuando el Ministerio dicte la resolución de la revocación. No obstante, será del 20% cuando se convierta en una deuda directamente con Hacienda. Todos somos conscientes de que no vivimos un buen momento económico, y que, gran parte de esos miles de alumnos que tendrán que devolver (o, más bien, “devolver”, porque probablemente la mayoría ya lo habrá gastado) ese dinero no disponen de él. Por ello, y aunque me parece un hecho justificado el que el gobierno exija dicho importe, considero que deberían ser flexibles con los plazos para efectuar el reintegro.

“Puede parecer una paradoja, pero tener derecho a una beca universitaria no es suficiente para disfrutar de ella. Ahora el Ministerio de Educación impone una doble condición: primero tener ese derecho y luego demostrar una vez pasado el curso que verdaderamente lo sigues teniendo”, dice El Mundo. Al fin y al cabo, ¿no es éste el precio que hay que pagar por tener una beca? ¿Qué menos que corroborar que has utilizado dicho aporte económico para el fin para el que te fue concedido? 



La hipocresía del español

Alejandro ha tenido que dejar de estudiar porque el Estado no le concede beca. De nada le han servido las 4 matrículas de honor que ha sacado en su primer año de carrera. Un caso tan real como reales son los miles de euros que regaló la trama Gürtel a Ana Mato, un dinero invertido en globos, confeti y tours para toda la familia. Esto es, desde luego, algo que se convierte en imprescindible cuando lo que menos te falta es dinero; sobre todo si es dinero público.

Pero no nos quedemos en la élite. Vayamos a casos comunes, del día a día, de esos que oímos de pasada en la calle o que conocemos de primera mano. Y es que siempre hay alguien dispuesto a pagar 7€ por una consumición en un local –todo vale si así alegramos más la noche-; o 100€ por unas zapatillas Nike –todo vale si se trata de ir a la moda-; o incluso 80€ por un concierto –todo vale si hay sexo, drogas y rock and roll. Después resulta que, qué malo es Wert que no me concede una beca; o qué asco de país que no da trabajo; o maldito Rajoy que por su culpa le han rebajado el sueldo a mis padres. Rajoy o Zapatero, PP o PSOE, lo mismo da.

Cada diciembre una amiga me dice: “Espero que me den la beca antes de Reyes para poder comprarle regalos a mi novio”. Así es señores, no vaya a ser que los camellos vengan demasiado cargados. En mi caso, cada año de carrera he recibido alrededor de 7000€ de beca. Yo, que me he visto en más de una ocasión entre la espada y la pared porque los primeros meses del curso el alojamiento y la manutención no se pagan solos, reconozco que podría sobrevivir con una cuantía menor. Pero no nos engañemos: aquí nadie es un angelito del señor. ¿Para qué devolver el dinero que no utilizo para lo imprescindible si puedo utilizarlo para otras cosas? Lo mío, por ejemplo, es viajar, y no precisamente al Caribe. Viajar crea cultura. Al fin y al cabo, de una forma u otra, también estoy afianzando y creando nuevos conocimientos. Esto es lo que persigue el Estado, formar a la población más joven para garantizar el progreso del país. Dejémonos de marcas y de modas, que quizá llegue ese día en el que habremos de prescindir de los caprichos que nos permitimos cuando éramos nuevos ricos. 



El “listo” que un día formó parte de los llamados “tontos”

“Educación prevé dividir en dos grupos las clases de Matemáticas y Lenguaje”. Esta es la noticia que aparece hoy en la gran mayoría de los periódicos del país (no olvidemos esa otra que señala que España se sitúa a la cola de la OCDE en comprensión lectora y matemáticas). Pronto surgirá la oleada de protestas en contra. Y, por supuesto, la achacarán a la intención del gobierno por convertir la educación pública en una educación de élite.

Todo se basa en divisiones: desde el propio nacimiento –división por sexo, por ejemplo– hasta la propia escuela que divide por edades, el deporte por niveles o el trabajo por especializaciones. Marta no es mejor que Carlos por haber nacido niña; ni Raúl, que tiene 15 años y está cursando 4º ESO, es peor que Silvia, que tiene 18 y está terminando bachillerato; tampoco Julia, que es médica, es mejor que Raúl, que es agricultor. El médico que cura enfermedades es tan esencial como el agricultor que proporciona alimentos.

El Ministerio de Educación no está diciendo que un grupo de alumnos sea mejor o peor que otro, simplemente le da a ambos la oportunidad de progresar. Y es que, esos alumnos a los que un día les costaba sumar, pueden avanzar mucho más si el profesor se detiene en las sumas y no pasa a la siguiente lección, que será restar. Porque al final, ese alumno que tenía dificultades para sumar probablemente también las tendrá para restar. La educación no es una carrera por ver quién llega antes. Lo importante es llegar. No todos tenemos la misma capacidad ni vivimos en las mismas circunstancias. No somos robots programados para ir a un mismo ritmo. 

Ritmos. Es cuestión de ritmos: como dijo Heráclito, “todo fluye, todo cambia, nada permanece”. Esa persona que un día formó parte del llamado grupo de los “tontos” puede avanzar y dar un salto al de los “listos”. La división por grupos no es una medida estática. No llevarla a cabo supone un retroceso tanto para unos cuando el profesor “acelere” demasiado, como para otros cuando se detenga lo suficiente como para no poder progresar. 




Oídos sordos

¿Cuál es la principal herramienta para conseguir una cultura homogénea? Es evidente que el control de la educación. En la etapa pre-moderna nadie tenía interés en promover la homogeneidad cultural. Todo lo contrario: era una sociedad de base fundamentalmente agraria que se caracterizaba por su estratificación e inmovilidad social. La cultura estaba en manos de clérigos y nobleza, mientras que los campesinos estaban subordinados sin apenas contacto o comunicación. La mayor preocupación de las clases dirigentes se situaba en el cobro de impuestos y en mantener un orden social concreto. La heterogeneidad estaba asegurada.

A medida que la sociedad ha ido avanzando, muchas de las funciones que eran típicas de la familia (asistencia a los ancianos, educación, etc.) han pasado al control de la esfera política, que con mayor frecuencia ha ido interviniendo en el ámbito privado. En el plano educativo, por ejemplo, es evidente que ha existido una constante preocupación de los gobiernos por los contenidos de los libros de texto que tratan de historia, por ejemplo, más que por el de los que se centran en ciencias como las matemáticas. Esto se debe a que el “control” de la historia, junto con la geografía (entre otras disciplinas), ha servido para configurar y modelar sentimientos  nacionales entre los individuos. Para ello el Estado se encarga de definir y perfilar las distintas asignaturas y materias, precisando los contenidos y los medios de expansión a través de los cuales se lleva a cabo la difusión del conocimiento. Así, por ejemplo, en las últimas décadas del siglo XIX se produjo un importante cambio en la geografía: pasó de describir territorios a designar espacios políticos, justificar las fronteras estatales y argumentar los dominios territoriales que se llevaban a cabo a través de decisiones estratégicas. Tanto la geografía como la historia sirvieron como fuente de legitimación del poder, e incluso todo lo contrario, de crítica y de contrapoder.

A partir del próximo curso los estudiantes de secundaria deberán elegir entre “Religión” o “Valores Éticos”. Esta última reemplazará “Educación para la ciudadanía”, una asignatura que el actual gobierno califica de “adoctrinamiento absurdo e inútil”. La misma definición recibe “Valores éticos” del bando contrario. Sí, otra vez el juego del gato y el ratón.

Una de las críticas que más azotan a la nueva asignatura es que atenta contra la ciencia al señalar los peligros que engloba la utilización de células madre, la clonación, la eutanasia y la eugenesia. Pero, ¿es que acaso no los hay? En caso contrario, sectores más conservadores achacan a “Educación para la ciudadanía” que sitúe la educación sexual, la enseñanza de familias multiparentales u homosexuales como una visión alternativa a los valores tradicionales. Pero, ¿es que acaso no lo es? Esta lucha sí es absurda e inútil. Tanto una asignatura como otra tratan asuntos importantes para el ciudadano: “Valores éticos” habla sobre las funciones de las Fuerzas Armadas, el racismo, el acoso laboral y escolar, etc.; “Educación para la ciudadanía” estudia temas relativos al respeto a la diversidad, las obligaciones de las administraciones públicas y de los ciudadanos en su mantenimiento, el papel de los servicios públicos, etc. La cuestión radica en no dar un único punto de vista sino aportar diferentes visiones y ofrecer ejemplos a través de casos reales. Se trata de incitar a la reflexión.

Vivimos en un mundo del que recibimos continuas influencias, sobre todo hoy en día con los medios de comunicación. No solo hago referencia a casos evidentes como cualquier programa sobre identidades, fronteras y comunidades políticas. Basta con citar, por ejemplo, el lema del Fútbol Club Barcelona “Mes que un club”, en clara alusión a su autoimpuesta condición de estandarte del nacionalismo catalán. Falta consenso, falta escuchar y ser escuchado. En un mundo cada vez más complejo, es necesario que se difunda una asignatura que establezca qué derechos y libertades tiene el ciudadano y cuáles son las funciones jurídico-políticas que debe cumplir el país. Se trata de mostrarle cómo lo ampara el sistema y, a su vez, ayudarle a defender sus derechos cuando éstos sean vulnerados. Hay que incitar a pensar, fomentar la crítica y, en definitiva, conocer y entender para así poder actuar.



Aprender no es una carga

No es de extrañar que en los últimos meses uno de los temas que ha generado más polémica sea la educación, principalmente por la aprobación de la LOMCE y por los continuos recortes que azotan al sistema educativo. No obstante, este clima de desconfianza también ha puesto en duda la eficacia y la calidad de la enseñanza en nuestro país. Un artículo publicado en ABC sobre la conveniencia o no de hacer deberes ha llamado mi atención. En él dos maestras presentan posturas contrapuestas, una a favor y otra en contra. ¿Cómo se puede decir que “la depresión infantil, la obesidad epidémica y el elevado fracaso escolar” son consecuencia de los deberes? No es necesario ser psicológo para saber que una de las principales causas de la depresión infantil es el acoso escolar, más conocido como builling. ¿No será eso un síntoma de la falta de educación en los hogares? En cuanto a la obesidad epidémica –epidémica, como si de la gripe A se tratase–, ¿no será que tenemos mal acostumbrados a los peques al darles “juguetes” a una edad que no corresponde? Conozco casos, y demasiado cercanos por desgracia, en los que con 6 años el niño ya jugaba con todo tipo de videoconsolas. ¿No será que les dejamos pasar delante de la pantalla más tiempo del que debieran? Y sí, hay fracaso escolar, el doble si lo comparamos con la media europea. Pero no contemos solo lo que nos interesa. Si comparamos el 28,4% de abandono escolar en 2010 frente al 24,9% en 2012, ¿no será que ha habido un descenso? Un descenso además bastante notable si lo contrastamos con las cifras de 2005, que se sitúan en un 30,8%. La crisis económica es la principal causa: en el boom del ladrillo muchos dejaban de estudiar para trabajar en la construcción. Las dificultades para encontrar trabajo hacen que un mayor número de jóvenes opte por continuar sus estudios.

Otro de los puntos que llamó mi atención fue el que achacaba a los deberes “los conflictos que se producen en millones de hogares cada tarde entre padres e hijos, enturbiando las relaciones y haciendo crecer muros entre ellos”. ¿Conflictos que se producen en millones de hogares? ¡Ni que se tratara de la Tercera Guerra Mundial! Si se producen disputas muchas veces será debido a la falta de comunicación entre padres e hijos, algo que es cada vez más habitual. Al niño no solo hay que inculcarle unos valores –entre ellos el respeto–, sino también darle cariño y confianza, dos requisitos fundamentales para su motivación.

Según esta maestra, “es terrible que muchos de nuestros escolares estén contando los días que quedan hasta las siguientes vacaciones, y que vayan aguantando lo que les toca hacer cada día con resignación en lugar de disfrutar de los miles de aprendizajes que les están esperando”. Quizá deberíamos detenernos a pensar por qué existe ese sentimiento de rechazo hacia la escuela. Puede que sea un fallo que se traslada desde las aulas al no difundir el gusto por el aprendizaje. A lo mejor habría que cambiar el enfoque y enseñar de otra manera. Y no nos equivoquemos: el que trabaja muchas veces desea un descanso, pero cuando ese descanso se vuelve permanente cansa e incluso agobia. Con los niños ocurre prácticamente lo mismo: no olvidemos que la escuela no solo es un medio de difusión de conocimientos, también es un agente esencial de socialización.  

Los deberes no son un problema en el desarrollo personal y profesional del niño, todo lo contrario. Es evidente que una gran carga de actividades no es algo positivo, y que la memorización no es el mejor sistema para lograr un aprendizaje eficaz. La cuestión radica en explicar mediante juegos, ejercicios en grupo, actividades extraescolares y todo aquello que permita un aprendizaje dinámico y divertido. Hay que enseñar a pensar a través de la motivación. No obstante, es inevitable que a lo largo de su trayectoria profesional el niño tenga que memorizar ciertas fórmulas matemáticas o, por ejemplo, la tabla de multiplicar. Podéis estar tranquilos, sobrevivirán. Dejémonos de victimismos: los deberes no violan “el derecho a ser niños”. Hay tiempo para todo: hacer ejercicios para reforzar lo dado en clase no implica que el niño no pueda dedicar la tarde a hacer deporte, divertirse con sus amigos o jugar a la videoconsola.




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