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Empieza la campaña de 2016

La pasada semana, el complicado sistema político norteamericano celebró elecciones varias. Las más importantes fueron las de Nueva Jersey y las de Virginia, que eligieron gobernador, y la de Nueva York, que eligió alcalde. Los demócratas mantuvieron este nivel de poder territorial, con sendas victorias contundentes en Virginia, donde Terry McAuliffe ganó al candidato del Tea Party, y sobre todo en Nueva York. Allí, Bill de Blasio tuvo un gran triunfo sobre su rival republicano, y le dio al partido del presidente la alcaldía de la Gran Manzana tras 20 años de poder republicano e independiente.

Mientras tanto, el Partido Republicano consiguió mantener el gobierno de Nueva Jersey, con el gobernador Chris Christie, la estrella del GOP, que seguirá al frente del ejecutivo del estado durante por lo menos cuatro años más. Christie es el republicano con más opciones de ser el candidato presidencial en 2016, y por ello ha sido tan importante la victoria del gobernador. Christie pertenece al lado más moderado de su organización política, frente al Tea Party, que tiene a los senadores Ted Cruz y Rand Paul como mayores representantes. Del equilibrio entre las dos almas que conviven dentro de los republicanos depende el triunfo en las presidenciales de 2016.

El Partido Demócrata pasará en 2016 por el trago de tener que elegir a un nuevo candidato, tras los 8 años de Obama, que se cumplirán ese año. Las encuestas favorecen a la que fuera primera dama desde 1993 a 2001, Hillary Clinton, derrotada por Obama en las primarias de 2008. Aún es muy pronto para que las candidaturas se declaren, sin embargo, la ex – secretaria de Estado ya ha mostrado su interés en ello. El otro favorito es el vicepresidente Joe Biden. Entre Hillary y Biden, la favorita es la esposa del 42º Presidente de los Estados Unidos.

Lo que necesita Estados Unidos no es tener un presidente que reanude las diferencias entre los ciudadanos del país. Tanto si es demócrata como si es republicano, el próximo presidente, que será el número 45, deberá acercarse al centro y a la moderación. La pujanza del Tea Party le puede restar muchos votos al Partido Republicano. Los ciudadanos se han ido dando cuenta de que esa opción no es positiva para el futuro ni para la visión exterior del país. Los demócratas, por su parte, han tenido dos épocas relativamente exitosas con Clinton y Obama, y la elección de un candidato debería observar esa particularidad.
En este momento, el escenario más probable es el de unas elecciones entre Hillary Clinton como candidata demócrata y Chris Christie como candidato republicano. Sería curioso, puesto que sería la primera mujer candidata a la presidencia, y el primer obeso candidato a la presidencia desde William H. Taft, como señalaba recientemente un artículo. Los sondeos favorecen a Clinton, pero queda mucho para la campaña. Solamente cabe desear que el tiempo que queda para entonces sea lo más civilizado posible, pues en ello nos va mucho también en Europa. Al fin y al cabo, el presidente de los Estados Unidos es el líder del mundo libre. 




Nueva mayoría y amplia victoria para Bachelet

Haciendo realidad el nombre de su coalición, Nueva Mayoría, Michelle Bachelet Jería, presidenta de Chile de 2006 a 2010, logró el pasado domingo una apabullante victoria electoral en la primera vuelta de las presidenciales. Obtuvo un 46% de los votos. Aunque no se consiguió el objetivo de ganar por mayoría absoluta, la izquierda infligió una dolorosísima derrota a la candidata conservadora, la ex – ministra Evelyn Matthei, que a pesar de lograr pasar a segunda vuelta, vio cómo solamente obtenía un 25% de los votos. La segunda vuelta, conocida en el país como “balotaje”, entre Bachelet y Matthei, se celebra el próximo 15 de diciembre, y en ellas es previsible que el resultado se repita. Sería muy raro que Michelle Bachelet no regrese al Palacio de la Moneda, la sede del gobierno.

La constitución chilena no permite la reelección inmediata, hay que esperar cuatro años para optar a ser reelegido. Por ello, no se ha repetido el duelo de 2005 entre Bachelet y el actual presidente Sebastián Piñera, conservador, que derrotó en 2009 al candidato de la Concertación, Eduardo Frei Ruiz – Tagle. La candidata progresista, hija del militar Alberto Bachelet, leal al presidente Salvador Allende, y fallecido tras las torturas a las que fue sometido por la dictadura de Pinochet, abandonó en 2010 la presidencia con unos magníficos niveles de apoyo, y los ha logrado mantener estos años, en los que ha liderado ONU Mujeres y ha regresado a su país entre grandes expectativas. Ha sido capaz de liderar la voladura controlada de la Concertación, la plataforma de partidos que promovió el “no” en el referéndum que echó a Pinochet, y ha ampliado la vieja alianza a nuevos partidos que conforman la Nueva Mayoría.

Enfrente, ha estado Evelyn Matthei, hija de otro militar, Fernando Matthei, amigo de Alberto Bachelet, aunque favorable a la dictadura. Matthei ha sido el parche de urgencia para una Alianza, la coalición conservadora, que se encontró de la noche a la mañana sin candidato, después de que Pablo Longueira, el vencedor de las primarias presidenciales, renunciara por un cuadro de depresión. La ministra de Trabajo se hizo entonces cargo de intentar prolongar la presidencia de Piñera. Pero entró tarde en campaña, cuando Bachelet ya llevaba tiempo en la carrera, y poco tuvo que hacer. Ha salvado la honra pasando a la segunda vuelta, pero a nadie se le escapa que Evelyn Matthei ha sido la perdedora de este primer duelo femenino por la presidencia de la república.



El resto de los 9 candidatos se han repartido las sobras. El político izquierdista Marco Enríquez- Ominami, cuyo magnífico resultado en 2009 evitó que Eduardo Frei ganara a Sebastián Piñera, venció en el esprint final a la revelación de estas elecciones, el empresario Franco Parisi, que concurrió como independiente, y mantiene un gran tercer puesto, pese a haber perdido mucho terreno en 4 años. Los comunistas, integrados en la Nueva Mayoría, han subido mucho, y se especula con que podrían entrar en el gobierno de Bachelet, quien les hizo guiños en su anterior etapa como presidenta, y ahora también. Una de las militantes comunistas elegidas como diputadas ha sido Camila Vallejo Dowling, que lideró los movimientos estudiantiles de 2011 contra el ejecutivo de Piñera. Vallejo votó con Adela, su hija recién nacida, en brazos.

La candidatura de Bachelet prometió tres grandes reformas: una constitucional, otra educativa y otra tributaria. La constitución chilena fue aprobada en 1980, por Augusto Pinochet, y ha sido enmendada en numerosas ocasiones. Pero sin embargo, en esta ocasión, tanto Bachelet como Matthei han prometido la redacción de una nueva Carta Magna completamente nueva. A este respecto, lo que parece evidente es que un elemento tan importante y sensible solamente puede acometerse con una estricta mayoría de ambos partidos y de otros tantos, tanto si hay como si no hay mayoría clara tras la primera vuelta.
Éstas han sido las primeras elecciones en las que no ha sido obligatorio votar en Chile. Pese a ello, la salud democrática de un país que vio morir a uno de sus más valerosos presidentes, Salvador Allende, y que estuvo años enterrado bajo la losa de un régimen dictatorial asesino y que coartaba todas las libertades, sigue estando al día. Por ello, gane quien gane dentro de un mes, y aunque esto parezca una perogrullada, será el triunfo de la democracia, que cada elección crece. 



YPF y otros cuentos de miedo
La llegada del viceministro de Economía argentino Axel Kicillof al puesto de máxima responsabilidad del país porteño se ha visto con mucho escepticismo desde Europa, y en especial desde España. Su pertenencia a la Cámpora, el grupo juvenil del kirchnerismo, dominado por Máximo, el hijo del matrimonio presidencial, llamado a ocupar en un plazo no muy lejano la Casa Rosada de Buenos Aires, ha provocado que analistas de todos los colores definan su nombramiento como ministro como un sectarismo por parte de la presidenta de la Nación argentina.

Es cierto que CFK, en su regreso a la política activa después de un tiempo de baja por la operación a la que fue sometida para eliminarle un coágulo en el cerebro, ha hecho una reforma política de su ejecutivo buscando reforzar su posición, tras la última cita electoral en que el oficialismo ha sufrido una pérdida de poder a manos del ex – kirchnerista Sergio Massa, que se presenta como el principal rival de la presidenta para una posible elección presidencial.
Fernández de Kirchner ha vuelto a la arena con fuerzas renovadas, y con muchas ganas de trabajar, y ha elegido a pesos pesados del partido para este cambio de caras. Además de Kicillof, la presidenta ha cambiado su jefe de gabinete, nombrando para ese puesto al gobernador de la provincia del Chaco Jorge Capitanich. Capitanich ya ocupó esa posición durante la breve presidencia de Eduardo Duhalde. El oficialismo gana por tanto peso en la composición del ejecutivo, para el cual han sido elegidas personas cercanas a la jefa de Estado.



El criticismo general que en España se tiene por los regímenes de América Latina es especial en el caso de Argentina, puesto que, si bien no tragan a Cristina Fernández, el potencial comercial que tiene el país porteño es absolutamente innegable, y los acuerdos a los que se podría llegar son muy variopintos. Sin embargo, las cordiales relaciones entre ambos países sufrieron una importante ruptura en mayo de 2012, cuando el gobierno argentino decidió nacionalizar el 51% de la petrolera YPF, que formaba parte de Repsol. El artífice de dicha operación fue el hoy ministro Axel Kicillof.

Las noticias que ponían a Kicillof de marxista para arriba se sucedieron, tanto en los medios más tradicionalmente conservadores como en aquellos de tendencia más progresista. La expropiación de YPF provocó que el presidente de Repsol, Antonio Brufau, desacreditara a los responsables del gobierno argentino y pidiera una disparatada compensación económica por el hecho, y que el entonces viceministro de Economía afirmase que la tasación de la empresa era menor. Hubo un cruce de acusaciones entre los dos hombres, que terminó sin resultado positivo para Repsol, y con el Gobierno de Rajoy anunciando que se plantearía romper las relaciones con Argentina.

Pese a todas las críticas recibidas, hoy, año y medio después de aquella polémica medida, Axel Kicillof, convertido ya en máximo responsable de las finanzas de su país, ha cerrado la famosa indemnización a Repsol, que ascenderá a 5000 millones de dólares, esto es, 3700 millones de €, la mitad de lo que Brufau pedía en 2012. Kicillof, desacreditado por muchos para ejercer responsabilidades por su supuesto sectarismo, se apunta una semana después de recibir la cartera económica el tanto de cerrar la herida abierta entre la principal petrolera española y su país. Al final, Argentina se queda con YPF y Brufau, que por su parte se agarra al sillón de poder con uñas y dientes, consigue su dinero. Todos contentos.

Las críticas al sistema político que ha cuajado en Argentina desde el corralito financiero de 2001 son múltiples, pero en muchos casos se basan en la ignorancia. Todos recordamos las vergonzosas imágenes del entonces presidente Fernando de la Rúa abandonando el país en helicóptero durante las protestas, la sucesión de 4 presidentes en el plazo de dos semanas, y las elecciones de 2003, en las que el país votó mayoritariamente en primera vuelta al ex – presidente Carlos Menem, que decidió no concurrir a la segunda vuelta por los escándalos de corrupción que le acuciaban. Tras esto, la Junta Electoral nombró presidente al otro candidato, el gobernador del estado de Santa Cruz Néstor Carlos Kirchner.

Muchos han afirmado que el hecho de que tanto el difunto Kirchner como su esposa usen el apellido político “peronista” es un error. Se puede discutir acerca de ello. Pero lo absolutamente innegable es que Argentina se encontraba en el año 2001 en una pésima situación económica, política y social, y que la valiente gestión de Kirchner les salvó del abismo. La economía porteña se ha recuperado en gran parte gracias a las acciones llevadas a cabo por el presidente Néstor Kirchner, acciones y medidas que son permanentes.

El kirchnerismo, es cierto, se aja con el paso del tiempo. La aparición de viejos correligionarios de la presidenta que como Massa han abandonado sus filas para engrosar las de la oposición aumenta las diferencias internas. Otros, todavía en la órbita del Frente para la Victoria, esperan agazapados su oportunidad. Es el caso del actual gobernador de Buenos Aires y ex – vicepresidente Daniel Scioli, que suena como candidato oficialista en caso de que no prospere la reforma constitucional necesaria para que CFK logre su segunda reelección. Y finalmente está Mauricio Macri, uno de los hombres más ricos de Argentina, alcalde de Buenos Aires, ex – presidente de Boca Juniors, y líder del conservador Propuesta Republicana.

Todos estos candidatos están dominados de una forma u otra por la actual situación. El kirchnerismo ha sido durante 10 años la forma de hacer política, y sería muy extraño que dicha tendencia desapareciera próximamente. En todo caso, si Cristina Fernández de Kirchner no consigue el plácet para reformar la Carta Magna, muchos ojos se pondrían en Axel Kicillof, el flamante ministro de Economía, como “guardián de las esencias” de la ideología justicialista en el país.

No sería tan extraño que Kicillof fuera el próximo compañero de fórmula de la presidenta. Hasta ahora no ha tenido suerte. Su primer vicepresidente, Julio Cobos, traicionó a la presidenta votando en contra de las reformas del sector agropecuario, y se mantuvo el resto de la legislatura en el cargo pese a que la presidenta se enemistó con él. En 2011, Cobos fue sustituido por el ministro de Economía, Amado Boudou, que fue electo vicepresidente, y que ha ocupado la presidencia en funciones por la dolencia de la presidenta. Sin embargo, Boudou está en jaque por los procesos abiertos contra él. Tal vez a la tercera vaya la vencida, y CFK elija a Kicillof. O Kicillof sea el que sustituya a Cristina en la cabeza de cartel. 


Letta, ante el ojo de la historia
El primer ministro italiano Enrico Letta ha vivido este 1 de enero el que ha sido su primer, y previsiblemente único, comienzo de año en el Palazzo Chigi de Roma, la sede de la presidencia del ejecutivo del país. 2014 volverá a sacar muy probablemente la jefatura del Consejo de Ministros a concurso, y este antiguo miembro de partidos moderados como la Democracia Cristiana o La Margherita no será cabeza de cuartel de su actual formación, el Partito Democratico. Tampoco lo fue en las elecciones de 2013, cuando el candidato del PD, el ex – comunista Pierluigi Bersani, tuvo una victoria menos clara y contundente de lo esperado, y que abocó al país a una previsible ingobernabilidad.
Entonces, tras fallar todos sus intentos para formar gobierno, el presidente de la República, un anciano de 88 años llamado Giorgio Napolitano, que pese a su edad controla todo lo referente a la política de su país, eligió a Letta, sobrino de uno de los principales colaboradores de Silvio Berlusconi, Gianni Letta, para formar un gobierno de concentración. Letta, de un talante más conservador que el vencedor vencido Bersani, salió de una terna de políticos moderados del PD en la que también estaban el ex – primer ministro Giuliano Amato, que ya dirigió un ejecutivo tecnócrata, y el alcalde de Florencia. El acuerdo de amplio espectro al que se llegó incluyó al PD, al Popolo della Libertà de Berlusconi, y a Scelta Civica, la formación del primer ministro saliente Mario Monti.

Berlusconi, de nuevo dueño del gobierno, no fue elegido ministro, pero impuso a su delfín, Angelino Alfano, como viceprimer ministro y ministro del Interior, o lo que es lo mismo, número dos del primer ministro Letta. El resto de carteras se repartieron de manera casi igualitaria entre el centro izquierda y el centro derecha. Algún ministro del gobierno tecnócrata de Monti repitió, aunque no en las mismas posiciones. La antigua responsable de Exteriores, la política radical Emma Bonino, retomó su antiguo ministerio. Otros muchos se estrenaron. Especial fue el caso de la ministra Nunzia de Girolamo, del PDL, pero casada con un diputado del partido contrario. Una alegoría de esa unión que se pretendía promover.

El acuerdo parecía destinado al fracaso más absoluto, porque a nadie se le escapaba que “Il Cavaliere” tenía la llave del gobierno, y probablemente acabaría haciendo lo mismo que con el de Monti: hacerlo naufragar cuando las encuestas le favorecieron. Sin embargo, la política hace extraños compañeros de viaje, y Alfano cambió de querencia, convirtiéndose en la mano derecha de Letta. Ambos políticos, no tan lejanos ideológicamente, se unieron para sacar a Italia del ‘impasse’ y la coalición empezó a funcionar. Lo mejor que podía decirse de aquello era que el gobierno seguía vivo. Sin embargo, las cosas mejoraron, y el ejecutivo estabilizó la situación.

El a priori improbable gobierno aguantó hasta el chaparrón más grande y por otra parte más predecible: la retirada del apoyo al mismo de un Silvio Berlusconi acechado por las causas contra él, y a la vez la obligación de dimisión de todos los ministros del partido conservador. Letta, gracias al apoyo de un Alfano que no participaba de los desvaríos de su otrora referencia, rechazó aquellas dimisiones, y consiguió forzar un voto de confianza en el Senado, la única cámara en que la mayoría progresista es más dubitativa. El gobierno Letta consiguió la confianza con la mayoría de los votos, incluso el de un derrotado Berlusconi, que prefirió sumarse al pacto antes de quedarse solo, después de que muchos de sus correligionarios optaron por no hacer caer al gobierno, lo que por otra parte era lógico.

La expulsión de Silvio Berlusconi del Senado tras su condena en firme ha sido el último capítulo de la historieta barata en que se ha convertido la política italiana desde que en los años 90 este magnate de la comunicación diera el salto a la misma, y la embarrase hasta niveles insospechados y vomitivos. Otorga cierta tranquilidad y legitimidad al gobierno, y en particular a Letta, que ha podido afrontar con calma el fin de año y el comienzo de 2014. Pero cuando él pensaba que aguantaría sin problemas, y que podría seguir realizando los ajustes marcados por Europa, llegó el cambio en su partido, y con ello el comienzo del fuego amigo.

El Partito Democratico, fundado en 2007 tras la desaparición de L’Ulivo, el partido de Romano Prodi, venció las elecciones, pero fue una victoria amarga. El ascenso inesperado de Berlusconi y la llegada del Movimento 5 Stelle, la antipolítica absurda liderada por el cómico Beppe Grillo, privó a Bersani de acceder a la presidencia del gobierno. En un gesto de coherencia inédito, el líder progresista decidió dimitir de todos sus cargos una vez no venció en la investidura. Tras ello, el líder sindical Guglielmo Epifani tomó las riendas de la formación hasta la elección de un nuevo secretario general. La elección se postergó hasta el pasado mes de diciembre, cuando, como se esperaba, Matteo Renzi, alcalde de Florencia, logró una victoria contundente, por más del 60% de los votos en primera vuelta, y se convirtió en el nuevo líder del centro izquierda italiano.


Lo cierto es que, pasada la fascinación por un político que consigue tamaña victoria, la figura de Renzi se aleja bastante de la izquierda tradicional. Catalogado como moderado, el regidor de la principal ciudad toscana declaró que era parte de una generación cuyo máximo objetivo no era ver a Berlusconi en la cárcel. Renzi ha sido elegido unánimemente como líder del Partito Democratico en gran parte por el desencanto tras las pasadas elecciones. Una simple vista atrás sirve para constatar que este alcalde no fue siempre adorado por las bases de su partido.

El partido celebró elecciones primarias en el invierno de 2012 para elegir al candidato que liderase las listas. Bersani se presentó, y le hizo frente Renzi, del que se decía que tendría más posibilidades en un enfrentamiento contra Berlusconi. Sin embargo, los votantes hicieron gala de una coherencia ideológica, haciendo ganar al candidato que mejor representaba los ideales del partido en aquel momento antes que al que más posibilidades tenía. La crisis sufrida por el PD tras el adiós de Bersani ha aupado a la primera fila a Renzi. Pero el trabajo que tiene por delante es igualmente importante.

La bicefalia ha quedado instalada en el partido del gobierno italiano, con Letta en el Palazzo Chigi y Renzi al frente del mismo. La responsabilidad del nuevo líder de la izquierda italiana es doble, por la contundencia con la que ha sido elegido y por la necesidad de una auténtica agenda de gobierno que pueda mantener al PD en el ejecutivo próximamente. A nadie se le escapa que el alcalde de Florencia se ha convertido en secretario general del Partito Democratico porque sabe que es el italiano que más probabilidades tiene de convertirse en primer ministro.

La derecha ha quedado oficialmente partida entre los seguidores de Berlusconi, que alguno queda, y los que han preferido unirse a su antiguo protegido, Alfano. Tras el fracaso de la operación de ‘Il Cavaliere’ para hacer colapsar el gobierno de coalición, la marca electoral con la que los conservadores concurrieron a las pasadas elecciones, el Popolo della Libertà, desapareció, dando paso a dos formaciones independientes, la eterna Forza Italia de Berlusconi y el Nuovo Centro Destra, de Angelino Alfano, al que se han adscrito todos los ministros que forman parte del ejecutivo de Letta. En medio de ellos, está el cómico Beppe Grillo, que subió como la espuma en las pasadas elecciones, pero que parece disolverse como un azucarillo con el paso de los meses. Parece claro que simplemente fue una reacción algo extraña de un pueblo harto de los políticos.

La crisis de la derecha política le hizo ganar a la izquierda uno de los feudos más importantes perdidos a manos de Berlusconi: la alcaldía de Roma. En mayo de 2013, el médico Ignazio Marino, del PD, derrotó de forma contundente, por 27 puntos porcentuales, al alcalde Gianni Alemanno, uno de los fieles de ‘Il Cavaliere’. El centro izquierda recuperaba de esta manera el puesto perdido por Walter Veltroni en 2008, cuando se vio obligado a dimitir para enfrentarse a Berlusconi en las generales, que perdió, lógicamente. Ganando Roma, hay alcaldes de izquierda en las principales ciudades de Italia: Milán, Florencia y Venecia.

Sin embargo, no hay que perder de vista que Silvio Berlusconi es un ave fénix. Muchísimas veces se le ha dado por neutralizado, y él se la ha arreglado para regresar siempre a la arena política, y volver a convertirse en primer ministro. Por eso no hay que bajar la guardia. Ciertamente, si la derecha italiana sigue dividida entre Forza Italia y Nuovo Centro Destra, y concurre de esta manera a las elecciones, Matteo Renzi será muy probablemente el ganador de esas elecciones. Pero no sería de extrañar que de pronto Berlusconi y Alfano firmasen una tregua y concurriesen a las elecciones juntos.

A mediados de los 90, un escándalo de corrupción llamado Tangentopoli acabó con el sistema político tradicional de alternancia política en Italia. Muchas veces en los años posteriores, se ha hablado de un nuevo Tangentopoli. La responsabilidad de Enrico Letta con la historia es tener un liderazgo firme y permitir que el país continúe estable dentro de la gravedad. Tras el Tangentopoli, llegó Silvio Berlusconi. Un nuevo Tangentopoli tendría resultados terroríficos para el país transalpino.


El antisemitismo, asignatura pendiente
Se podría empezar este artículo emulando al Manifiesto Comunista de Marx y Engels, que afirmaba que un fantasma recorría Europa, y ése era el comunismo. Lo cierto es que muchos años después, un fantasma recorre Francia, y es el del antisemitismo. Esta lamentable tendencia, consistente en atacar a la religión judía y a sus tradiciones, tuvo un precedente de triste memoria en nuestro continente, con el régimen nacionalsocialista, que tenía como uno de sus pilares el odio a los judíos. El Holocausto fue la solución final, el último paso de aquella peligrosa escalada. Desde entonces, Europa tiene miedo de que pueda reaparecer.

Y lo cierto es que ha aparecido, aunque en niveles más reducidos a priori que en el caso de Hitler. Es el caso del humorista francés de origen africano, raza negra y religión musulmana Dieudonné Mbala, condenado en hasta siete ocasiones por incitar al odio. Dieudonné ha ganado muchísima visibilidad tras inventar la ‘quenelle’, un saludo consistente en extender el brazo derecho y abrazarse cerca del hombro con la mano izquierda. El creador del símbolo afirmó que se trataba de un corte de mangas al sistema, mientras que los críticos afirmaban que no, que lo que realmente se veía era un saludo nazi invertido.

El momento de mayor fama de ese saludo se produjo a finales de diciembre, cuando el delantero Nicolas Anelka, conocido en España por haber jugado brevemente en el Real Madrid y militando ahora en el West Bromwich Albion británico, celebró un gol ante el West Ham de esta manera. Anelka es amigo confeso de Dieudonné, y le dedicó ese gesto. La ministra francesa de Deportes Valérie Fourneyron calificó en Twitter de provocación asquerosa el gesto del delantero Anelka.

Sin embargo, la ofensiva del gobierno presidido por François Hollande contra el cómico le ha dado notoriedad, y muchas personas repiten el gesto por toda Francia como una forma de apoyo al que consideran víctima de una persecución. El último capítulo de esta historia se produjo ayer, cuando el ministro del Interior, Manuel Valls, consiguió reunir al Consejo de Estado de urgencia, y este organismo volvió a dar validez a la decisión de Interior de anular la actuación de Dieudonné Mbala en Nantes, decisión revocada por el Tribunal Administrativo de Nantes. El Consejo de Estado justificó la decisión defendiendo el orden público y la necesidad de “evitar un atentado contra la dignidad pública”.


Dieudonné Mbala es un hijo de su tiempo. Nacido y criado en una ‘banlieue’ parisina, el humorista es un musulmán declarado, así como un ferviente partidario del ultraderechista Front National. No es de extrañar, puesto que el que fuera líder durante muchos años del partido y padre de la actual presidenta de la formación, Jean – Marie Le Pen, siempre ha defendido el uso del velo integral como tradición religiosa, lo cual ha motivado que muchas personas pertenecientes a la minoría islámica en Francia hayan votado mayoritariamente al FN.

Su estilo cómico ha provocado que tenga muchos adeptos, que hoy pueden ver en la ofensiva del gobierno una persecución contra ese colectivo. Nada más lejos de la realidad, aunque sí es cierto que el PS, hundido en las encuestas, está preocupado por el avance de la formación populista y ultra de Marine Le Pen, que está por delante en los sondeos para las próximas elecciones europeas que se van a celebrar esta primavera, y que por ello está utilizando todos los mecanismos del estado para acabar con lo que Valls ha llamado “la mecánica del odio”.

El vicepresidente del FN, Florien Philippot, atacaba en diciembre a Manuel Valls por hacer todo lo posible por suspender los actos de Dieudonné, afirmando que se trataba de un elemento preocupante para las libertades públicas. Pero la verdad es que el ministro no deja de tener razón cuando afirma que las provocaciones que el humorista vierte en todas y cada una de sus actuaciones ya no pertenecen a la dimensión creativa, sino que alientan el odio contra los judíos, otra vez.

Existe un principio universal que afirma que la libertad de uno termina donde empieza la del otro. Las libertades públicas deben ser garantizadas en todas las sociedades democráticas, pero las de todos. Las palabras de Dieudonné, como afirmaba el ministro del Interior, no entran dentro de su libertad, sino que agitan de nuevo el fantasma del miedo que tanto le gusta al partido al que él apoya. Es cierto que Valls también ha agitado este miedo durante mucho tiempo, atacando a los gitanos rumanos, y estas medidas son tan censurables como lo defendido por los antisemitas. Pero también es cierto que su labor va en beneficio del bien y del sentido común, y que al final eso prima. No se pueden tolerar ciertos comportamientos, aun a pesar de perder el apoyo de una parte de la sociedad, y ahí Valls ha estado acertado.

La respuesta del otro principal partido del país, el conservador UMP, ha ido a favor de la decisión tomada por el ministro. No es de extrañar, ya que Jean – François Copé, líder de la formación, es judío. El único partido que está en contra, como ya se ha señalado, es el FN, y no es de extrañar, ya que desde un punto de vista político, esta acción contra Dieudonné Mbala está encaminada a impedir que algunas ideas no deseables cundan en el electorado francés desengañado por la crisis.

Las generaciones que hemos tenido la suerte de nacer cuando la Segunda Guerra Mundial y las tensiones de aquel conflicto bélico ya habían pasado hace mucho tiempo no debemos perder de vista las situaciones y comportamientos que desembocaron en aquel conflicto internacional. Conductas como la frivolización del saludo nazi “para provocar”, la justificación de los crímenes franquistas “porque forma parte de la historia de España”, y demás despropósitos no tienen cabida en una sociedad civilizada y moderna.

La única solución pasa por tipificar como delitos la apología de los regímenes como el de Hitler, el de Franco y el de Stalin. Es lamentable tener que llegar a este punto, pero ante la ligereza e irresponsabilidad de aquellas personas que no vivieron aquella época y que faltan al respeto a las víctimas de esos totalitarismos no queda otra alternativa. La lucha contra el antisemitismo es una asignatura pendiente en Europa, y el gobierno de Francia ha dado pasos en la buena dirección. 


El laborismo sin Blair
Hace casi 17 años, un joven abogado de Edimburgo criado en Newcastle, llamado Tony Blair, infligió una considerable e innegable derrota al primer ministro John Major, y puso fin a lustros de poder de los conservadores bajo la bandera del New Labour. Hoy, a un año de una nueva cita electoral, los socialdemócratas se preparan para regresar al poder, con una nueva cara, Ed Miliband, como principal atractivo.

El 'tory' David Cameron es el líder político del país desde 2010, cuando un acuerdo con los liberal- demócratas de Nick Clegg le aupó a la presidencia del Consejo de Ministros de Su Majestad, expulsando del 10 de Downing Street al laborista escocés Gordon Brown, que abandonó la calle del gobierno en una escena muy fotografiada, de la mano de su esposa Sarah y de sus dos hijos de corta edad. La victoria de Cameron devolvió a los conservadores gran parte de la cuota de poder que perdieron a partir de la segunda mitad de los noventa.

Sin embargo, tras 4 años de gobierno, Cameron ha ido perdiendo poco a poco todo su apoyo. Las próximas elecciones europeas serán un termómetro de cuán dañada está la presidencia conservadora. De momento, las encuestas señalan que los 'tories' pueden incluso perder el segundo puesto en esa votación, ante el empuje del euroescéptico y populista UKIP, el partido de Nigel Farage, que sin embargo no amenazaría la cómoda ventaja laborista. Los conservadores fueron capaces de mantener la alcaldía de Londres, gracias al carisma de uno de sus políticos más valorados, Boris Johnson, pero se desangraron en el resto del reino.

Tras la corta derrota de 2010, los laboristas hicieron algo modélico, y eso fue la correcta gestión del fin del blairismo. Se celebraron unas elecciones primarias, a las que se presentó media docena de candidatos, y que se resolvió en una segunda vuelta entre hermanos. David y Ed, hijos del filósofo marxista Ralph Miliband, resolvieron el asunto familiarmente. Pese a que el mayor, David, era el favorito, ganó Ed Miliband, que se convirtió en líder de la oposición laborista.


Pese al poco carisma que parecía tener el elegido líder, Ed Miliband se convirtió en el azote de David Cameron. Las sucesivas citas electorales animaron a los laboristas, que ataron sus buques insignias, como Leicester, y fueron consiguiendo otras victorias importantes. La ventaja laborista fue consolidándose, y actualmente es de más de 5 puntos. Muy probablemente, Ed Miliband será el próximo primer ministro de Gran Bretaña.

Sin embargo, Cameron puede tener todavía una tabla de salvación, la gestión del referéndum independentista de Escocia este año. El apoyo a esta secesión se reduce cada día más, y consciente de esto, el 'premier' autorizó la consulta. Se verá cuál es el resultado de esta votación, y cuál es la reacción de ambos políticos. Puede cambiar todo.

En el laborismo de hoy, la figura de Tony Blair despierta cada vez menos apoyos encendidos, como solía. Es cierto que el blairismo y la Tercera Vía, la misma que llevó a Bill Clinton a la presidencia de los Estados Unidos, devolvieron al laborismo al poder después de todos los años en que la primera ministra fue Margaret Thatcher, pero la actitud del primer ministro en el conflicto de Irak, aliándose con las tesis de Bush, y mintiendo a la nación, fue demasiado. Sin perder de vista lo que hizo Blair, el Partido Laborista debería construir un nuevo modelo para llevar a Ed Miliband a la presidencia del gabinete.

Ed Miliband, por su parte, debe esforzarse para no ser primer ministro por defecto, por el desgaste de la coalición entre 'tories' y LibDems, sino por sus propios medios. Le hará falta más que el desgaste de Cameron para ganar. Los laboristas deberían hacer un doble trabajo: por una parte, redactar y presentar un programa, al modo de "New Labour, better Britain"; y por otra, publicitar a Miliband como candidato, para darle lustre a su candidatura. Tiene mucho camino hecho, es cierto, pero debe seguir esforzándose. Downing Street le espera.

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