El
truco barato del nuevo
Plan ADO
En
tiempos de crisis el orden de prioridades para las subvenciones
económicas de un gobierno se hacen más que necesarias. El problema
reside en la disyuntiva de la justicia del dinero, es decir, decidir
entre la meritocracia o el dar más a quien más lo precisa por
escasos recursos. Algo así está ocurriendo con el Plan
ADO que
tanto anhelan los deportistas menos mediáticos para lograr buenos
resultados cada cuatro años en unos Juegos Olímpicos. Los nuevos
criterios para 2013 obligan a los nuestros a conseguir grandes
resultados sí o sí. En principio se mantiene el montante de euros
tradicional que vienen percibiendo desde los campeones hasta los que
quedan octavos,
pero si no se consigue igualar los resultados por los que fueron
becados, en dos años se va reduciendo la ayuda. El acabose llega si
no se clasifican para los Juegos. Entonces pierden todo lo recibido.
La consigna oficial está clara. Todos aquellos que no sean como el
monstruo de Rafa Nadal u otras superpotencias deportivas, tienen que
superar demasiadas piedras en el camino. Aunque con ello se obvie que
no es igual de difícil obtener una marca mínima para ir a Río 2016
en Tenis, donde compiten muchos más profesionales que en tiro con
arco, por ejemplo.
Este
nuevo sistema puede algo lógico si queremos máquinas en vez de
personas. La presión por vencer impera, aunque el espíritu olímpico
oficial sea el de “lo importante es participar”. El problema
reside en que el ministerio de José Ignacio Wert ha tomado como
referencia las palabras del barón de Coubertin que pronunció allá
por 1896. Citius, Altius, Fortius, decía. Lo que no sabía este
francés es que estaba haciendo daño a largo plazo. Desde que se
creó este programa en 1988, en vistas a que en Barcelona 92 fuéramos
de los mejores, nuestros resultados han sido notables. Si bien es
cierto que nuestros números de medallas ha ido decreciendo hasta el
presente. La solución a ello no es hacer un truco barato para
eliminar el fomento a los deportes minoritarios.
A
los amantes del olimpismo nos gusta hacer balance y recordar a
profesionales anónimos como la judoca Isabel Fernández o el
taekwondista Joel González, quienes consiguieron su minuto de gloria
al subir al cajón gracias a su sudor y con un apoyo estatal detrás.
Gente como ellos son los que consiguen engordar el palmarés. Con
este nuevo método se antoja una quimera.
Las
subvenciones al COE las pagamos todos
Saltaba
la noticia el pasado 21 de noviembre. “El Consejo Superior de
Deportes (CSD) subvenciona con 900.000 euros al Comité Olímpico
Español (COE) en 2013, según establece el convenio suscrito entre
ambos organismos donde se fijan las actividades deportivas objeto de
subvención”. Así lo explicaba el Ministerio de Educación,
Cultura y Deporte en una escueta nota de prensa. Hasta ahí todo
normal, pero el problema reside al observar que el antetítulo de
este texto es “Con cargo a los Presupuestos Generales en el
ejercicio 2013”. Es decir, esta cantidad astronómica de dinero la
vamos a pagar todos los españoles. Esto no es ninguna novedad, ya
que llevamos regalando parné a estos señores desde 2006, momento en
el que se firmó el acuerdo entre estas dos organizaciones, y es un
hecho que el deporte español (más allá del fútbol de élite) está
cuesta abajo y sin frenos porque los deportistas menos pudientes cada
vez tienen más difícil optar a una ayuda económica. Entonces, sin
quitar ningún mérito a los “peces gordos” del deporte de
nuestro país, ¿no se debería dar esa subvención directamente a
las federaciones más necesitadas?
El
COE ya tiene recompensa por sus deberes bien hechos, tales como la
gran representación que hizo en la ceremonia en Buenos Aires para
elegir los Juegos Olímpicos de 2020 su Presidente Alejandro Blanco.
Recordemos que Madrid, ciudad candidata, no superó ni la primera
votación, pese a que el máximo mandatario de esta estructura
intentó convencer a los miembros del COI en un inglés tan avanzado
como ““No listen the ask” (no escuché la pregunta). Más allá
de esta anécdota, el convenio CSD – COE es una consecuencia de las
medallas que logró España en Londres 2012. 17, concretamente. La
lectura de esto es que los profesionales ganan y los señores de
sillón se quedan con un trozo de tarta, mientras algunos deportistas
sufren para competir cada día en lo que más les gusta. Situación
injusta para aquellos que sabemos el esfuerzo de estos héroes.
Se
habla, con razón, de la pérdida de calidad en Educación y Cultura,
pero en los deportes está ocurriendo algo similar gracias a las
altas esferas. Esta área también es una inversión y no un gasto
superfluo. La clave es saber a quién darle los beneficios. Blanco y
compañía aplauden las victorias, no las obtienen. Ya tiene otra
cosa en que pensar, señor Wert.
Premios
para aparentar normalidad
Ya
se han fallado los Premios Nacionales del Deporte 2012, convocados
por el Consejo Superior de Deportes (CSD). El objetivo de estos
galardones, según el organismo, es “su impulso y promoción del
deporte”, frase que contrasta con lo publicado en anteriores
artículos sobre el recorte en las becas ADO, donde cada vez se
facilitan menos las cosas a los profesionales que no disponen de
recursos. Entre los galardonados en esta edición están pesos
pesados como el Fútbol Club Barcelona o Radamel Falcao. Sin duda son
colosos del deporte que mueven masas y su mención, por tanto, no
adquiere una discusión generalizada, más allá de los logros
conseguidos, a priori. Otros, como la deportista del windsurf Marina
Alabau o el taekwondista Joel González también se han visto
agraciados, pero el tinte aquí tiene una doble vertiente. Por un
lado se rinde homenaje con ostentaciones a dos colosos, y por otro se
da la sensación de apoyo al deporte minoritario, cerrando así la
boca a los que dicen que en este país las autoridades no apuestan
por esto y solo aparentan. La cuestión es que, a buen seguro, tanto
a Marina como a Joel les gustarían menos premios y sí más ayudas
para ellos y para muchos de sus compañeros de fatigas, dentro de la
crisis económica que afecta al país.
Entre
los asistentes al acto se encontraban el ministro José Ignacio Wert,
el presidente del CSD, Miguel Cardenal, el presidente del Comité
Olímpico Español (COE), Alejandro Blanco o la directora general de
Deportes, Ana Muñoz. Cada uno tiene un debate abierto con la
sociedad y las federaciones deportivas por diversos motivos. Por
ejemplo, en el caso de Muñoz, la lucha contra el dopaje con aquellas
bolsas de sangre que se destruyeron por orden de una jueza. Ante un
evento así, no obstante, olvidaron sus adversidades por amnesia
selectiva para mostrar una sonrisa descarada y realizar las
protocolarias fotografías mientras entregaban la copa
correspondiente a esta jornada. Hubiese sido comprensible que algunos
de los premiados no recogieran lo que es suyo, en este bodrio, pero
han optado por la vía diplomática y conformista, para algunos. Y es
que las protestas hay que mantenerlas tanto en público como en
privado.
“La
copa es gigantesca, no sé dónde la voy a meter”, decía la atleta
Ana Peleteiro, una de las ganadoras. Tal vez debería conservarla
como en oro en paño si la necesita para costearse sus viajes a las
competiciones, como hizo la gran Mireia Belmonte no hace mucho. Esa
es la realidad del deporte español. Lo de los premios es como las
noticias de vídeos en Internet en los informativos. Sirven para
evadirte durante un rato, pero no duran toda la vida.
La
demagógica política de cantera en Madrid y Barça
Uno
de los mitos en las decisiones deportivas, ligado a lo popular entre
aficionados y periodistas, es la apuesta por los jugadores canteranos
en el fútbol de élite. Generalmente se tiende a pedir profesionales
jóvenes, y que se catalogan como “que sienten la camiseta”,
cuando los resultados no acompañan. Eso sí, a la hora de jugar
partidos de trascendencia social, como bien puede ser una final, se
pide veteranía e inteligencia táctica, excluyendo así a los
denominados JASP (jóvenes aunque sobradamente preparados). El
ejemplo más claro se vislumbra en los dos colosos de España. Tanto
Real Madrid como Fútbol Club Barcelona tienen detrás a una masa que
mira con lupa todos los movimientos y que no olvidan que Raúl,
Casillas, Xavi o Puyol son paradigmas de una gran gestión desde la
base hasta la punta de la pirámide. Está claro que el rendimiento
calidad - precio fue excelente, pero algunos sectores pretenden que
salgan hornadas de este tipo cada dos por tres, circunstancia
altamente improbable. Hay muchos factores que determinan si se va a
llegar a primera división algún día. Entre ellos está el que los
ojeadores de tu propio equipo tengan el visto bueno del entrenador o
el presidente para seguir tu evolución, la adaptación a campos
traicioneros como los de hierba artificial o tierra, y quizás el más
determinante, la buena suerte.
Javier
Portillo fue una de las perlas mediáticas de la temporada 2002/2003
en el conjunto blanco. 57 partidos y 17 goles (dos de ellos en la
Champions) hacían presagiar que el canterano iba a ser otro
superclase. La realidad fue que a la campaña siguiente con el cambio
de técnico, “Portigol” se fue cedido a la Fiorentina y sus jefes
apostaron por el millonario David Beckham. Nunca regresó a la
capital de España y, tras varios bandazos, ahora está en el
Hércules en la categoría de plata. Diversas portadas de periódicos
de tirada nacional vendieron humo a los aficionados, aunque sin
embargo, contó más el vender camisetas con un astro inglés.
Otra
muestra de la demagógica postura de la cantera, en este caso
blaugrana, fue Fernando Macedo “Nano”. El extremo no tuvo
oportunidades, pese a que los simpatizantes y socios querían caras
nuevas en la temporada 2002/2003, en la que quedaron sextos en Liga.
La prensa, por su parte, no lanzó una postura a favor de él. El
tiempo, eso sí, dio la razón a los defensores del chaval, ya que en
los dos años siguientes demostró su valía en el Atlético de
Madrid. La moraleja de estos dos casos es que no siempre triunfa
quien dice la prensa o los aficionados.
A
todos los futboleros nos encanta jugar a ser míster de un equipo.
Esta corriente se ha extendido hasta nuestros días, con la apuesta
de los futbolistas jóvenes y de la casa. La clave está en la
preparación. Nunca hay que olvidar que la política deportiva está
diseñada por y para la gente que, presumiblemente, sabe de ello. Es
una cuestión de extrapolarlo a otros ámbitos. En el supermercado no
nos parte la carne el panadero, sino el carnicero. Los que no tienen
ninguna vinculación con el balompié tenemos que opinar, pero jamás
imponer valoraciones y sobre todo, dejarnos guiar por consignas.
“Hemos
vivido por encima de nuestras posibilidades”. Esta frase la hemos
estado escuchando desde que empezó la crisis económica como si
fuera una canción popular de verano. Eso sí, siempre aplicada a los
ciudadanos. Con el expediente que la Comisión Europea ha abierto a
Real Madrid, Barcelona, Athletic de Bilbao, Osasuna, Valencia, Elche
y Hércules, por diferentes razones, se ha puesto de manifiesto que
la política especulativa del mundo del fútbol también ha tocado
techo y debe bajar a la tierra. Este deporte no es ajeno a la
realidad social, por mucho que se trate de disfrazar con cifras
millonarias de traspasos. A su vez, han sido muchos los proyectos
megalómanos realizados como la Ciudad Deportiva de Valdevebas o el
nuevo San Mamés, e incluso otros paralizados como el nuevo Mestalla,
con el objetivo de contentar a las masas futbolísticas. Ahora,
gracias a las injerencias externas es el momento de abrir los ojos y
despertar del sueño. Y eso corresponde a todos: directivos,
aficionados y periodistas. Juntos se ha contribuido a esta burbuja y
si no se va de la mano al final del túnel nada cambiará.
No
se trata de desprestigiar al balompié en general, como comentó
Miguel Cardenal, Secretario de Estado para el Deporte. Ni siquiera de
lanzar una campaña en contra de la Liga española, opinión
vociferada por Florentino Pérez. Cogiendo distancia, el organismo
europeo lo que quiere es hacer una limpia para competir en igualdad
de condiciones. Los dos colosos de la Liga BBVA, por poner el ejemplo
más sencillo, llevan beneficiándose de su condición de “club de
los socios” para pagar, supuestamente, menos impuestos y arrollar
así a sus rivales, situación engordada, además, por el irrisorio
reparto de los derechos televisivos. La directiva europea de 1990 ya
decía que debían convertirse en Sociedades anónimas todas las
instituciones del deporte rey que no lo fueran. Tiempo han tenido
para ello, pero siempre es mejor hacer oídos sordos a las críticas
y poner la oreja a los cantos de sirena.
Ya
se conocen las primeras reacciones aprovechando el tren de la
corriente a favor. El Bayern de Múnich ya ha mostrado su
preocupación por jugar partidos ante entidades cuyas reglas morales
se han visto salpicadas. Los bávaros no se dan cuenta que en este
despertador también hay víctimas. Los modestos han sido dirigidos
por presidentes o accionistas con el ánimo de lucro propio como
caballo ganador. Ante eso solo cabe la resignación y la petición de
justicia. El tirar piedras solo se puede hacer desde un tejado
sólido.
Con
la ley en la mano se pueden dejar los colores a un lado y tener un
punto de vista de la situación real de nuestro fútbol de élite,
que entre los rumores de amaños de partidos y pelotazos financieros
está lejos de ser “la mejor liga del mundo”. Para lograrlo,
entre muchas tareas, hay que limpiarlo primero de malas intenciones.
Inglaterra es el paradigma de a donde se quiere llegar, pero para eso
queda un largo camino por recorrer.
2014:
el año de la polémica deportiva en Brasil
Siempre
se dice que no es bueno mezclar política y deporte para evitar una
contaminación, pero parece que 2014 nos va a traer muchos
quebraderos de cabeza en estas dos materias. El Mundial de fútbol en
Brasil, como foco de infección principal, no está recibiendo todo
el apoyo de la población carioca que a muchos les gustaría y esto
puede traer consecuencias allá por el mes de junio. Pueden darse
boicots a partidos o disturbios para alterar el funcionamiento de la
competición, eso sí, a buen seguro, disfrazados con bailarinas de
típicos bailes canarinhos.
Pese a este fatalismo impulsado por algunos sectores,
las razones
de los detractores para el descontento están más que justificadas.
El gobierno del país sudamericano, según diversas cifras, ha
destinado cerca de 30.000 millones de reales al evento (unos 15.000
millones de dólares estadounidenses), lo que equivale al 0.6 % de su
PIB. El alegato para tener mala cara ante tantos ceros es que ese
dinero podría haberse empleado en otros ámbitos como vivienda,
sanidad o educación pública de calidad. Además, a esto hay que
sumarle que los Juegos Olímpicos de 2016 serán en Río de Janeiro,
lo que llevará a inyectar más gasto público para colmar las ansias
de perfección de los señores del COI. El montante final será el
derroche para proyectar al país en el mapa mundial.
El
ejemplo para el espectáculo y el civismo estuvo en Sudáfrica. Los
africanos olvidaron sus penurias, probablemente mayores que las de
los brasileños, para lanzar un mensaje que hiciera olvidar el pasado
oscuro del apartheid.
Fueron responsables con el fair
play (quizás
algo contrario a su bienestar social) y no pusieron trabas para que
los profesionales del deporte rey hicieran su trabajo bien pagado. Al
fin y al cabo ellos no tienen la culpa de una mala gestión de las
autoridades. Brasil tiene motivos para la ilusión. Los Neymar, Fred
y compañía son candidatos a ser campeones. Si eso ocurre, podría
ser la mejor medicina para enfriar los ánimos. El problema estará
si les eliminan pronto. Con ello, habrá más tiempo para las
verdaderas preocupaciones.
“Tengo
la certeza de que Brasil saldrá vencedor”. Esta reciente
declaración realizada por la presidenta del país anfitrión de la
Copa del mundo, Dilma Rousseff, tiene un doble mensaje. Los tres
puntos en este partido son un mayor reparto de riqueza, para unos, y
el trofeo dorado, para otros. La dicotomía obliga a elegir entre un
bando u otro. Solo el futuro marcará quien gana. La seguridad será
el juez de una batalla que este año culmina lo empezado en 2013.



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